domingo, 30 de enero de 2011

Domingo



Inspira... Expira... Adelanta un pie y luego el otro. Perdido igualmente, pero de forma ordenada al menos.
La lluvia debería estar prohibida en domingo. De por sí ya es un día bastante deprimente. Si además le sumas lluvia, frío y nostalgia, se convierte en un cóctel indigesto. Lo curioso es que no son recuerdos o imágenes fijas del pasado las que me asaltan, quizás porque tengo una memoria pésima. Es aún peor, porque días melancólicos como este traen a mi memoria algo mucho más turbador: sensaciones hiperrealistas de otros tiempos. Para eso sí que soy bueno. Soy capaz de rememorar con pelos y señales cómo me sentía con 13 años cuando escuchaba November Rain sentado en mi habitación mientras escribía una absurda historia de fantasía, seguramente una burda copia de El señor de los anillos o de La historia interminable, cambiando un par de nombres de personajes y lugares. Pero qué más da, era sólo una excusa para internarme de nuevo en esos mundos en los que tanto disfrutaba. La imaginación es el lugar donde más cómodo me he sentido siempre. Cuando nos hacían aquellos extraños test psico-técnicos en el colegio, en los que repetían una y otra vez las mismas preguntas, siempre sacaban la misma conclusión sobre mí: "Bueno, se le dan bien las letras, no tanto los números, pero sobre todo, se distrae con facilidad por culpa de su "incontrolada" capacidad de invención e imaginación". Nunca me senté a analizar como ha podido influir esto en el transcurso de mi vida, pero creo que nunca resultó un serio problema, más bien, hizo más amenas algunas de las insidiosas clases en el colegio y el instituto. 

Y todo esto venía... ah sí. Porque un domingo de estas características siempre me da por revivir algunos de esos momentos de adolescencia que al final terminamos idealizando. Me pregunto si realmente eran tan mágicos como recuerdo o ha sido el paso del tiempo lo que los ha moldeado hasta este punto. El caso es que entre tanta basura, crisis, contaminación y ruido de la gran ciudad, a veces es recomendable volver la mirada atrás para ver quienes somos. Está muy bien eso del vivir y disfrutar cada instante como si fuera el último, pero si te olvidas de lo que has sido, acabarás perdido como un barco a la deriva en medio del océano. Por eso, a pesar de que no es recomendable autoflagelarse muy a menudo, de vez en cuando es bueno hacerlo, sentarse en un rincón tranquilo y pensar de dónde vienes y a dónde vas. Creo que no tengo mucho más que decir... y eso que en realidad, no he dicho nada coherente aún, pero es una de las consecuencias de la excesiva imaginación. Divagas, zigzagueas, pero al final nunca acabas donde pretendías. Una aventura continua.

jueves, 13 de enero de 2011

La loca de la casa

A más de uno, un texto como este nos hace sentirnos más vivos que nunca (a los locos, principalmente).


“Terminé perdiendo el miedo al miedo y aceptando que la vida posee un porcentaje de negrura con el que hay que aprender a convivir. Hoy he llegado a considerar aquellas crisis como un verdadero privilegio, porque fueron una especie de excursión extramuros, un pequeño viaje de turismo por el lado salvaje de la conciencia. Mis angustias me permitieron atisbar la oscuridad; y sólo si has estado ahí... puedes entender lo que supone estar al otro lado. En ese lugar aterrador al que no llegan los otros, exiliado de la realidad común, encerrado en el silencio y en ti mismo. Mis angustias, al fin, me hicieron más sabio. 

Los llamados locos son aquellos individuos que residen de modo permanente en el lado sombrío: no consiguen insertarse en la realidad y carecen de palabras para expresarse, o bien, sus palabras interiores no coinciden con el discurso colectivo, como si hablaran un lenguiaje alienígena que ni siquiera puede traducirse. La esencia de la locura es la soledad. Una soledad psíquica absoluta que produce un sufrimiento insoportable. Una soledad tan superlativa que no cabe dentro de la palabra soledad y que no puede ser imaginada si no se ha conocido. Es como estar en el interior de una tumba enterrado vivo.”

Rosa Montero