Como cuando me quedaba a dormir en casa de mi abuela Josefa. El ritual de antes de dormir es algo que seguramente recordaré durante todo mi vida La Josefica esperaba a que su nieto se metiese en la cama,, después de dar mil vueltas, arremetía las mantas bajo el colchón, hacía el dobladillo de las sábanas para que me cubriese hasta los ojos, me apartaba el pelo de la cara, me besaba la frente y apagaba la lámpara de la mesita de noche. Solo entonces, en el umbral de la puerta se giraba y susurraba con su voz más dulce: Hasta mañana, si Dios quiere... Ya estaba en paz conmigo mismo y podía dormir profundamente hasta que con la luz del sol, el olor a churros con chocolate se colaba por la rendija de la puerta y hacía a mi estómago gruñir hambriento.
Estando tan lejos de la Calle Malasaña, es difícil sentir algo parecido... sin embargo, cumplir 27 años en una gran ciudad en la que sólo llevo dos meses y sentirme casi igual de arropado que aquella noches de invierno en La Alberca y rodeado de gente buena, ha sido una experiencia que tardaré en olvidar.
Fiko.
Rambla del Raval, Barcelona.
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